CRIMEN ORGANIZADO EN HONDURAS
En Honduras hay presencia de tres tipos de grupos criminales. El primero de ellos es el crimen organizado transnacional (COT), con grupos de Colombia o México, que usan al país como lugar de tránsito y punto de almacenamiento para los cargamentos de cocaína que llevan hacia Estados Unidos u otros mercados. Normalmente operan en grupos pequeños. Sus emisarios en estos países usualmente buscan asegurar el transporte de los cargamentos de drogas, la connivencia de los funcionarios y que todas las transacciones resulten según lo planeado. El estatus de Honduras como un lugar de refugio para el COT ha aumentado en los últimos años, y el país se ha convertido en una base de operaciones para los altos mandos de dichos grupos. Por ejemplo, según informes, miembros del liderazgo del Cartel de Sinaloa actualmente tienen bases de operaciones en San Pedro Sula.
En segundo lugar están los grupos locales de transporte —o “transportistas”— que operan en Honduras. Estos grupos están formados por familias hondureñas o redes de negocios muy estrechas que transportan bienes legales e ilegales a través del país. Trabajan de manera cercana con compradores y vendedores, así como con otras redes de transporte de Centroamérica y otras regiones. Además de traficar cargamentos, también almacenan grandes cantidades de éstos durante largos periodos de tiempo. Pero ninguna de estas tareas es fácil. Existen rivales que roban y revenden los productos ilegales; se cree que miembros de las fuerzas de seguridad, especialmente de la policía, hacen parte de dichas redes. Los transportistas también deben lidiar con un alto número de agentes aduaneros en cada frontera que atraviesan. Sin embargo —si se opera correctamente— el transporte de bienes ilegales puede ser una actividad muy lucrativa.
El tercer tipo son los grupos criminales locales y las pandillas callejeras que operan en Honduras. Estos grupos están enfocados en actividades menos lucrativas, como la distribución local de drogas, la extorsión, el secuestro y el tráfico de personas. Sin embargo, la competencia por estos mercados criminales —en especial por el del tráfico local de drogas y la extorsión— ha convertido a Honduras en uno de los países más violentos del mundo. Las pandillas asesinan a sus rivales y con frecuencia se presentan disputas al interior de ellas. También acuden a agentes de seguridad corruptos para atacar a grupos enemigos. Su control territorial en algunas zonas es absoluto, si bien su interacción con las élites es mínima.
El COT y los transportistas son los grupos criminales que tienen mayor interacción con las élites hondureñas. Como se verá en los estudios de caso, estas organizaciones necesitan de las autoridades judiciales para movilizar mercancía ilícita por terrenos peligrosos. Su interacción con las fuerzas de seguridad y con empresarios poderosos para lavar y legitimar su capital ilícito es necesaria. En este proceso establecen contactos políticos y financian candidatos para cargos públicos, en un esfuerzo para obtener protección de alto nivel y mayores oportunidades de negocios.
El dinero producto del tráfico ilícito supera al obtenido de los negocios tradicionales y tiene la capacidad de modificar el balance de poder a nivel local, regional e incluso nacional. En Latinoamérica, el mejor ejemplo se presentó durante los años ochenta, cuando el Cartel de Medellín —la infame organización criminal colombiana— comenzó a secuestrar miembros de la élite, a asesinar jueces y policías y a detonar bombas en lugares públicos. Sin embargo, las raíces de esta dinámica vienen de años atrás, cuando las organizaciones criminales colombianas, y posteriormente las centroamericanas y mexicanas, comenzaron a traficar cocaína y otras drogas hacia Estados Unidos.



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